Pueblos de España: Segovia - ¡Navafría mía!
¿Conoces los pueblos de Segovia versificados? Ahí los tienes.
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domingo, 25 de abril de 2010
domingo, 29 de junio de 2008
Víctor el "antropófago"·
Víctor "el antropófago"
Todo el mes de mayo había estado Victor con sus abuelos en Móstoles porque su mamá se había puesto malita y estaba en "La Paz"
Después de desayunar, cuando no llovía, su abuelo le llevaba al parque para que jugara y gastase sus tremendas energías.
Unos días iban al Parque de las Aventuras a jugar en el barco pirata, a subir al castillo o bajar por el tobogán del dragón. A jugar en la isla del tesoro bajo sus palmeras o a nadar entre las olas del mar embravecido.
Otros iban al Parque del Cuartel Huerta a subir en los aparatos de gimnasia de los abuelos, corretear entre los juegos infantiles o jugar en la arena con alguno de los niños que acudían al parque con sus abuelos.
Cada vez, el abuelo le llevaba a un parque distinto y a él le gustaba jugar en ellos.
Los sábados, los abuelos le llevaban a "La Paz" a ver a su mamá.
Le subían en el autobús y le llevaban hasta Príncipe Pío y allí se cambiaban al metro para ir al hospital.
Bajaban papá y mamá y él se ponía contento al verlos y decía:
- Mamá ¿cuando te pones buena?
Jugaba por allí durante una hora y... se iba con los abuelos otra vez a Móstoles en el metro y el autobús.
El abuelo le llevó una mañana al Parque del Retiro de Madrid para que viera los pavos reales que se acercaban para que los diéramos comida y llamaban a Millán, a Henar y a Víctor.
También vio un cisne negro en un lago que echaba un chorro de agua altísimo.
Y las barcas, en el Estanque, los peces y los patos y una tortuga grande que nadaba en el agua.
Se subió encima de un oso y agarró del rabo a un león grandísimo, porque le dijo el abuelo que era de piedra y no le dio miedo.
Allí estaba "Mini" dando abrazos a los niños, pero a Víctor no le abrazó porque tenía que volver deprisa a Móstoles para comer y echarse la siesta.
...
Cuando operaron a mamá para quitarla la pupa y se marchó a Bustarviejo, los abuelos le llevaban a su casa para que estuviera con mamá, papá y Pablito. Pero como no se podía empujar a mamá porque se la hacía mucho daño, luego se volvía a Móstoles para que el abuelo le llevara a los parques.
Víctor conocía a mucha gente en Móstoles porque hablaba con todos: con los albañiles que habían roto la casa del abuelo, con Ilda, con Julio el jardinero, con Felipe, que arreglaba los coches y le enseñaba la máquina para saber qué tenía que arreglar, con la frutera, que le regalaba cerezas y fresas, ...
Y a todos les decía:
- ¡Hola señor! ¿Tu cómo te llamas?. ¿Y tu mujer... y tu hijo? Y ¿cuál es tu casa?
En una palabra: les hacía el padrón. ¡Nunca paraba de hablar!
...
Algunas veces, Víctor era desobediente y sus abuelos se enfadaban con él y le castigaban sin ver "la peli de la tele", pero Víctor no lloraba casi nunca, porque decía que él era mayor y los mayores no lloran nunca.Enseguida pedía perdón diciendo:
- ¡Perdón abuelo, ya no lo voy a hacer más!
...
La última semana del curso, el abuelo le llevó a Bustarviejo para que fuera al "cole" y se despidiera de Mercedes, su "profe" que al año siguiente se tenía que ir a atro "cole" de otro pueblo.
Por la mañana, el abuelo le llevaba al cole, le dejaba con Mercedes en la clase de "Los Osos", y ser marchaba a dar un paseo hasta "El Robledal" y volvía cansado a casa porque hacía mucho calor, después se entretenía como podía hasta que se hacía la hora de recoger a Víctor.
Una mañana su mamá le llevó a "La Paz" para que le viera el médico y el abuelo se entretuvo en casa haciendo la comida: Ensalada de patatas asadas y pollo en pepitoria.
A la hora de comer, a Víctor le gustaba la comida y se puso a preguntar:
- ¿Y de qué está hecho esto?
- De pollo -contestaba el abuelo.
- ¿Y que más lleva?
- Tomates.
- ¿Y que más lleva?
- Aceite
- ¿Y que más lleva?
- Sal
- ¿Y que más lleva?
- Vino.
- ¿Y que más lleva?
- Pimienta
....
Y como no se acababa nunca la pregunta, a su madre se la ocurrió decir, mientras el niño masticaba:
- ¡¡Tu padre!!
... El niño quedó quieto y callado, y después de un momento, escupió lo que tenía en la boca y se puso a llorar desconsoladamente.
Costó hacerle ver que, por el enfado que producía su repetida pregunta, su madre, enojada y sin pensar contestó con esa desafortunada exclamación que a Víctor le hizo sentirse antropófago en aquella comida que tanto le gustaba.
Costó trabajo hacer que terminara de comer
¡¡Estas madres!!
P. Santos.
Junio 2008
jueves, 16 de agosto de 2007
Víctor y la lechuga saltarina
Víctor y la lechuga saltarina
Aquella primavera la mamá de Víctor se había decidido a cultivar un poquito de huerto en un trocito de terreno que la había dejado Lucina junto a la suya.
El terreno estaba situado en un pequeño llano de la ladera de Montelindo, no muy lejos de Bustarviejo.
Hasta allí iban muchas tardes de paseo.
Al principio para mover la tierra, luego para preparar la plantación y hacer los surcos o caballones, y después para poner las plantitas sobre el terreno.
Víctor iba contento porque también iban sus amiguitos Patrik y Asier y allí jugaban mucho queriendo ayudar a sus madres.
Una tarde fueron a regar y como la mamá de Víctor había puesto pocas plantas las regaba con una manguera, pero antes de acabar se cortó el agua porque había una avería en el pueblo y fueron los del Canal a repararla, así que se quedaron las plantas a medio regar.
La mamá de Víctor fue a casa a buscar la regadera para coger agua del arroyo y terminar de regar.
Mientras tanto, Víctor se había quedado en el huerto con Lucina y sus amiguitos y, jugando, jugando... se habían metido entre las lechugas y pisaron más de una.
Cuando llegó la mamá de Víctor con la regadera se sentó un ratito a descansar y Víctor cogió la regadera y se dispuso a regar la huerta para ayudar a su mamá.
Cogió agua del arroyo y se fue corriendo a regar, pero su mamá le dijo:
-¡Víctor deja eso que me vas a pisar las plantitas!
Pero Víctor, en vez de hacer caso a su mamá, se echó a correr con la regadera llena de agua para regar las plantas muy deprisa antes de que su mamá, que ya se había levantado, le alcanzara y se la quitara.
El agua de la regadera se caía y salpicaba las plantitas de tomates y de cebollas.
Víctor pisó una plantita que se quedó rota en el suelo, pero siguió corriendo para que no le alcanzara su mamá.
Una lechuga, al ver que Víctor corría hacia ella, empezó a dar saltos para que no la pisara, pero Víctor corría mucho y la salpicaba con el agua.
La lechuga saltaba cada vez más fuerte, pero Víctor corría cada vez más deprisa, hasta que dio un tropezón, se cayó al suelo y se puso a llorar.
Llegó su mamá y le levantó:
- Víctor, te has puesto perdido de barro y te has hecho una pupa por desobediente.
- Mamá ya no voy a ser más malo, decía Víctor entre sollozos.
Entre tanto la lechuga, fatigada, se había caído al suelo cerca de Víctor.
Cuando la mamá de Víctor vio la lechuga arrancada en el suelo, le riñó por haberla arrancado, pero Víctor dijo:
- Yo no he sido. Ha sido Patrick.
Pero Patrick estaba lejos jugando con su mamá.
- Te va a crecer la nariz como a Pinocho por decir mentiras, le dijo su mamá mientras cogía la lechuga saltarina y la metía en una bolsa para llevarla a casa y hacer la ensalada para cenar.
P. Santos
Bustarviejo, junio de 2008
miércoles, 1 de agosto de 2007
Víctor en Navafría
En el verano del 2007, en llegando agosto, la abuela Victoria se había ido a Navafría jubilada ya de su trabajo perruno.
El abuelo, que había estado solo durante el verano, se alegró mucho, pero se alegró mucho más cuando le llevaron a su nieto Víctor.
Víctor era el más pequeño de todos sus nietos y solo tenía dos años y medio, pero a pesar de ello se quedó tan tranquilo con sus abuelos y no lloró cuando se marcharon sus padres, a pesar de que era la primera vez que se separaba de ellos.
Le hacía una gran ilusión eso de dormir en la caravana, donde su abuela le había acondicionado las cama más pequeña como si fuera una cuna.
Por eso desde el primer día durmió muy bien en la caravana, no solo por la noche, sino también la siesta y sin rechistar.
Víctor estaba hecho todo un hombrecito, comía solito y todo lo quería hacer sin ayuda.
Cuando se despertaba por la mañana, llamaba a su abuela para que lo levantase y le pusiese el desayuno, que se comía el solito. También preguntaba por su abuelo que todavía no había llegado de vuelta de su paseo matutino hasta el Pozo Verde.
Cuando llegaba el abuelo, él le daba un abrazo fuerte y le decía: "te quiero"

En cuanto el abuelo había terminado de desayunar, Víctor decía:
- Abuelo, ¿nos vamos de paseo?
El abuelo cogía el bastón y daba a Víctor un bastón chiquitito y se marchaban de paseo.
Siempre iban por el mismo sitio: a la Plaza de la Iglesia para ver las cigüeñas y como trabajaba Mariano, el herrero, y de allí hacía el río por la calle de la Compuerta, para volver por las eras a las piscinas y el parque donde se entretenían un rato, para volver a casa a la hora de comer.
A pesar de llevar siempre el mismo itinerario, a Víctor le gustaba el paseo porque se entretenían con muchas cosas y veían muchos animalitos.
Un día, antes de llegar a la calle de la Compuerta vieron unos gatitos chiquitines que salían de un albañal y jugaban junto a la cacera, había tres: uno blanco, otro negro y otro, el más travieso, que era gris atigrado y se quería ir lejos, por eso su mamá le cogía con la boca por el cuello y le metía dentro del albañal donde estaba su casita.
A Víctor le gustaba mucho verlo y luego se lo contaba a todos.
Otro día encontramos un perro con los pelos de punta a quién el abuelo llamó "pelusas" y que se vino con nosotros de paseo y se metía en el agua del rio cuando Víctor tiraba piedras para hacer "ranas" y sacaba las piedras con su boca. El "pelusas" se asustó cuando Víctor cogió un palo, se marchó y ya no volvió ese día.
Otro día. cuando llegábamos al puente de "La Compuerta" vimos que venían un camión grande cargado de enormes piedras y una máquina muy grande.
Víctor y el abuelo se pararon en el puente y el camión vino marcha atrás para descargar las piedras, pero en cuanto cayeron las primeras al suelo con gran estruendo y una inmensa polvareda, Víctor se asustó y dijo al abuelo, mientras tiraba de su mano:
- Vámonos, abuelo, que este "ruido" es muy peligroso.
Los fines de semana eran especiales porque su papá y su mamá venían a verle.
Ese día no quería saber nada del abuelo y solo quería estar con sus padres y recibir mimitos, pero, cuando se marchaban sus padres, Víctor no lloraba. Apretaba la mano del abuelo y, con la otra, loes decía adiós.
Así estuvo lo quedaba del verano y fue muy feliz.

Víctor era el más pequeño de todos sus nietos y solo tenía dos años y medio, pero a pesar de ello se quedó tan tranquilo con sus abuelos y no lloró cuando se marcharon sus padres, a pesar de que era la primera vez que se separaba de ellos.
Le hacía una gran ilusión eso de dormir en la caravana, donde su abuela le había acondicionado las cama más pequeña como si fuera una cuna.
Por eso desde el primer día durmió muy bien en la caravana, no solo por la noche, sino también la siesta y sin rechistar.
Víctor estaba hecho todo un hombrecito, comía solito y todo lo quería hacer sin ayuda.
Cuando se despertaba por la mañana, llamaba a su abuela para que lo levantase y le pusiese el desayuno, que se comía el solito. También preguntaba por su abuelo que todavía no había llegado de vuelta de su paseo matutino hasta el Pozo Verde.
Cuando llegaba el abuelo, él le daba un abrazo fuerte y le decía: "te quiero"
En cuanto el abuelo había terminado de desayunar, Víctor decía:
- Abuelo, ¿nos vamos de paseo?
El abuelo cogía el bastón y daba a Víctor un bastón chiquitito y se marchaban de paseo.
Siempre iban por el mismo sitio: a la Plaza de la Iglesia para ver las cigüeñas y como trabajaba Mariano, el herrero, y de allí hacía el río por la calle de la Compuerta, para volver por las eras a las piscinas y el parque donde se entretenían un rato, para volver a casa a la hora de comer.
A pesar de llevar siempre el mismo itinerario, a Víctor le gustaba el paseo porque se entretenían con muchas cosas y veían muchos animalitos.
Un día, antes de llegar a la calle de la Compuerta vieron unos gatitos chiquitines que salían de un albañal y jugaban junto a la cacera, había tres: uno blanco, otro negro y otro, el más travieso, que era gris atigrado y se quería ir lejos, por eso su mamá le cogía con la boca por el cuello y le metía dentro del albañal donde estaba su casita.
A Víctor le gustaba mucho verlo y luego se lo contaba a todos.
Otro día encontramos un perro con los pelos de punta a quién el abuelo llamó "pelusas" y que se vino con nosotros de paseo y se metía en el agua del rio cuando Víctor tiraba piedras para hacer "ranas" y sacaba las piedras con su boca. El "pelusas" se asustó cuando Víctor cogió un palo, se marchó y ya no volvió ese día.
Otro día. cuando llegábamos al puente de "La Compuerta" vimos que venían un camión grande cargado de enormes piedras y una máquina muy grande.
Víctor y el abuelo se pararon en el puente y el camión vino marcha atrás para descargar las piedras, pero en cuanto cayeron las primeras al suelo con gran estruendo y una inmensa polvareda, Víctor se asustó y dijo al abuelo, mientras tiraba de su mano:
- Vámonos, abuelo, que este "ruido" es muy peligroso.
Los fines de semana eran especiales porque su papá y su mamá venían a verle.
Ese día no quería saber nada del abuelo y solo quería estar con sus padres y recibir mimitos, pero, cuando se marchaban sus padres, Víctor no lloraba. Apretaba la mano del abuelo y, con la otra, loes decía adiós.
Así estuvo lo quedaba del verano y fue muy feliz.
viernes, 16 de marzo de 2007
¡Castigado en el rincón!
No, no es que le hubiesen puesto pantalones a cuadros, que no los tenía, sino que se había levantado "estupendo"
Ya lo había demostrado en el desayuno jugando con el "colacao" y haciéndolo saltar de la taza tirando las galletas con fuerza contra la superficie del líquido y, a pesar de que su padre le corregía, terminó por derramarlo todo y ponerse perdido.
Hubo que cambiarle de arriba a abajo.
Cuando llegó a "La Casita" y le iba a dar un beso su papá, le dijo:
-¡Tonto!, y se metió corriendo hasta que desapareció.
Pasado un rato se arrimó a un grupo de niños como le había mandado Paloma, pero enseguida empezaron los problemas.
Isaac estaba contento y lo manifestaba bailando.
-¡No bailes, tonto! -dijo Víctor con voz enfadada-
Y como Isaac siguiese bailando, Víctor, muy enojado, le tiró de los pelos.
Isaac se puso a llorar y Paloma, que estaba atendiendo a otra niña, acudió a consolarle.
-¿Por qué lloras? - preguntó.
-¡Víctor le ha tirado se los pelos! - dijo una nena rubita que apenas abultaba.
- Víctor eso no se hace,- le reprendió Paloma- los niños no se pegan.
Víctor se separó del grupo para librarse de la regañína.
Parecía que todo había vuelto a la normalidad y que los pequeños estaban tranquilos cuando, para que no se aburrieran Paloma empezó esa canción que les había enseñado y que tanto les gustaba:-"Todos los patitos...
- "Se fueron a bañar... -siguieron los niños- ...y el más chiquitito no sabía nadar...
Aquí Isaac volvió a sus bailes y Víctor a pegarle y darle empujones al tiempo que decía:
-"Tonto, no bailes"
-¡Víctor - gritó Paloma- ¿por qué pegas a Isaac?
-Porque baila.
- ¡Pues déjale que baile cuanto quiera! -dijo Paloma.
-No baila -dijo Víctor y siguió pegándole con saña.
-No se pega a nadie... ¿A tí te gusta que te pegue yo? -dijo Paloma mientras le sujetaba las manos para impedir que siguiera pegando a Isaac. ¡Vete castigado al rincón y no te muevas de ahí hasta que se te pasen las ganas de pegar y le pidas perdón!
Víctor se fue llorando al rincón y se estuvo allí hasta que le fueron a buscar.
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