jueves, 16 de agosto de 2007

Víctor y la lechuga saltarina




Víctor y la lechuga saltarina

Aquella primavera la mamá de Víctor se había decidido a cultivar un poquito de huerto en un trocito de terreno que la había dejado Lucina junto a la suya.
El terreno estaba situado en un pequeño llano de la ladera de Montelindo, no muy lejos de Bustarviejo.
Hasta allí iban muchas tardes de paseo.
Al principio para mover la tierra, luego para preparar la plantación y hacer los surcos o caballones, y después para poner las plantitas sobre el terreno.
Víctor iba contento porque también iban sus amiguitos Patrik y Asier y allí jugaban mucho queriendo ayudar a sus madres.
Una tarde fueron a regar y como la mamá de Víctor había puesto pocas plantas las regaba con una manguera, pero antes de acabar se cortó el agua porque había una avería en el pueblo y fueron los del Canal a repararla, así que se quedaron las plantas a medio regar.
La mamá de Víctor fue a casa a buscar la regadera para coger agua del arroyo y terminar de regar.
Mientras tanto, Víctor se había quedado en el huerto con Lucina y sus amiguitos y, jugando, jugando... se habían metido entre las lechugas y pisaron más de una.
Cuando llegó la mamá de Víctor con la regadera se sentó un ratito a descansar y Víctor cogió la regadera y se dispuso a regar la huerta para ayudar a su mamá.
Cogió agua del arroyo y se fue corriendo a regar, pero su mamá le dijo:
-¡Víctor deja eso que me vas a pisar las plantitas!
Pero Víctor, en vez de hacer caso a su mamá, se echó a correr con la regadera llena de agua para regar las plantas muy deprisa antes de que su mamá, que ya se había levantado, le alcanzara y se la quitara.
El agua de la regadera se caía y salpicaba las plantitas de tomates y de cebollas.
Víctor pisó una plantita que se quedó rota en el suelo, pero siguió corriendo para que no le alcanzara su mamá.
Una lechuga, al ver que Víctor corría hacia ella, empezó a dar saltos para que no la pisara, pero Víctor corría mucho y la salpicaba con el agua.
La lechuga saltaba cada vez más fuerte, pero Víctor corría cada vez más deprisa, hasta que dio un tropezón, se cayó al suelo y se puso a llorar.
Llegó su mamá y le levantó:
- Víctor, te has puesto perdido de barro y te has hecho una pupa por desobediente.
- Mamá ya no voy a ser más malo, decía Víctor entre sollozos.
Entre tanto la lechuga, fatigada, se había caído al suelo cerca de Víctor.
Cuando la mamá de Víctor vio la lechuga arrancada en el suelo, le riñó por haberla arrancado, pero Víctor dijo:
- Yo no he sido. Ha sido Patrick.
Pero Patrick estaba lejos jugando con su mamá.
- Te va a crecer la nariz como a Pinocho por decir mentiras, le dijo su mamá mientras cogía la lechuga saltarina y la metía en una bolsa para llevarla a casa y hacer la ensalada para cenar.









P. Santos
Bustarviejo, junio de 2008

miércoles, 1 de agosto de 2007

Víctor en Navafría



En el verano del 2007, en llegando agosto, la abuela Victoria se había ido a Navafría jubilada ya de su trabajo perruno.

El abuelo, que había estado solo durante el verano, se alegró mucho, pero se alegró mucho más cuando le llevaron a su nieto Víctor.

Víctor era el más pequeño de todos sus nietos y solo tenía dos años y medio, pero a pesar de ello se quedó tan tranquilo con sus abuelos y no lloró cuando se marcharon sus padres, a pesar de que era la primera vez que se separaba de ellos.

Le hacía una gran ilusión eso de dormir en la caravana, donde su abuela le había acondicionado las cama más pequeña como si fuera una cuna.

Por eso desde el primer día durmió muy bien en la caravana, no solo por la noche, sino también la siesta y sin rechistar.

Víctor estaba hecho todo un hombrecito, comía solito y todo lo quería hacer sin ayuda.

Cuando se despertaba por la mañana, llamaba a su abuela para que lo levantase y le pusiese el desayuno, que se comía el solito. También preguntaba por su abuelo que todavía no había llegado de vuelta de su paseo matutino hasta el Pozo Verde.

Cuando llegaba el abuelo, él le daba un abrazo fuerte y le decía: "te quiero"

En cuanto el abuelo había terminado de desayunar, Víctor decía:
- Abuelo, ¿nos vamos de paseo?

El abuelo cogía el bastón y daba a Víctor un bastón chiquitito y se marchaban de paseo.

Siempre iban por el mismo sitio: a la Plaza de la Iglesia para ver las cigüeñas y como trabajaba Mariano, el herrero, y de allí hacía el río por la calle de la Compuerta, para volver por las eras a las piscinas y el parque donde se entretenían un rato, para volver a casa a la hora de comer.

A pesar de llevar siempre el mismo itinerario, a Víctor le gustaba el paseo porque se entretenían con muchas cosas y veían muchos animalitos.

Un día, antes de llegar a la calle de la Compuerta vieron unos gatitos chiquitines que salían de un albañal y jugaban junto a la cacera, había tres: uno blanco, otro negro y otro, el más travieso, que era gris atigrado y se quería ir lejos, por eso su mamá le cogía con la boca por el cuello y le metía dentro del albañal donde estaba su casita.
A Víctor le gustaba mucho verlo y luego se lo contaba a todos.

Otro día encontramos un perro con los pelos de punta a quién el abuelo llamó "pelusas" y que se vino con nosotros de paseo y se metía en el agua del rio cuando Víctor tiraba piedras para hacer "ranas" y sacaba las piedras con su boca. El "pelusas" se asustó cuando Víctor cogió un palo, se marchó y ya no volvió ese día.

Otro día. cuando llegábamos al puente de "La Compuerta" vimos que venían un camión grande cargado de enormes piedras y una máquina muy grande.

Víctor y el abuelo se pararon en el puente y el camión vino marcha atrás para descargar las piedras, pero en cuanto cayeron las primeras al suelo con gran estruendo y una inmensa polvareda, Víctor se asustó y dijo al abuelo, mientras tiraba de su mano:
- Vámonos, abuelo, que este "ruido" es muy peligroso.

Los fines de semana eran especiales porque su papá y su mamá venían a verle.
Ese día no quería saber nada del abuelo y solo quería estar con sus padres y recibir mimitos, pero, cuando se marchaban sus padres, Víctor no lloraba. Apretaba la mano del abuelo y, con la otra, loes decía adiós.

Así estuvo lo quedaba del verano y fue muy feliz.